Editorial: Argentina: una esperanza

E

n las elecciones Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) que se realizaron ayer en Argentina, los partidos políticos se abstuvieron de presentar más de una fórmula, de modo que el ejercicio se convirtió en una gran confrontación de preferencias electorales entre el actual presidente, Mauricio Macri, y el opositor kirchnerista, Alberto Fernández, de cara a los comicios generales previstos para el próximo 27 de octubre.

Con más de 80 por ciento de los sufragios contabilizados, el primero no logró más que 32 por ciento, y el segundo obtuvo 47 de cada cien votos. De mantenerse esa tendencia, en unas semanas el justicialismo progresista podría recuperar la presidencia, incluso sin necesidad de segunda vuelta.

Estos resultados parecen ser la expresión lógica de la catástrofe nacional causada por el derechista Macri en casi cuatro años de gobierno, en los cuales desmanteló las políticas sociales establecidas en más de una década por las administraciones del fallecido Néstor Kirchner y de Cristina Fernández, su esposa y sucesora en el cargo. En efecto, Macri llevó a la nación sudamericana a un nivel de endeudamiento sin precedente, arrasó los derechos laborales, incrementó el desempleo, provocó una inflación que no se veía desde los tiempos de Fernando de la Rúa, llevó a cabo brutales procesos de privatización, suspendió la participación de Argentina en los procesos de integración regional que tenían curso hasta hace un lustro y entregó la soberanía económica del país a los designios del Fondo Monetario Internacional (FMI)

En lo político, Macri ha encabezado un régimen de marcados acentos autoritarios y emprendió una injustificable persecución judicial y mediática en contra de su antecesora en la primera magistratura, con el propósito de anularla como figura política y principal cabeza de la oposición.

Estos antecedentes explican claramente el resultado electoral de ayer, en el que se plasmó el descontento mayoritario de los argentinos, y prefiguran un posible retorno al poder del justicialismo kirchnerista, hoy agrupado en el Frente de Todos.

Esta perspectiva no sólo resulta relevante para Argentina, sino para todo el continente, donde se vive una regresión a la derecha tras el golpe de Estado legislativo contra Dilma Rousseff y la fabricación de causas judiciales que mantienen en prisión al ex presidente Luis Inácio Lula da Silva en Brasil, y la cancelación de la revolución ciudadana en Ecuador, donde el actual presidente, Lenín Moreno, cambió de bando en cuanto asumió el cargo, volvió a poner a su país bajo la tutela del FMI y las directrices de Washington y emprendió una feroz persecución del ex presidente Rafael Correa y de sus colaboradores más destacados.

Lo ocurrido ayer en tierras argentinas podría ser, pues, el inicio del fin del contraciclo reaccionario sudamericano. Debe tenerse en mente, a este respecto, que los intentos por reimplantar el neoliberalismo tras la caída de los gobiernos progresistas y con sentido social en la región parecen condenados al fracaso, toda vez que ese modelo económico es ya inviable en un contexto mundial en el que la principal potencia económica planetaria está presidida por un individuo declaradamente hostil al libre comercio, en el que Gran Bretaña abandona la Unión Europea y en el que el peso de China, India, Rusia, Sudáfrica y el propio Brasil resulta cada vez más determinante en la economía global.

Cabe esperar, en suma, que en octubre próximo los ciudadanos argentinos confirmen el fin de la pesadilla neoliberal macrista y su país retome las políticas de defensa de la soberanía nacional, visión social de la economía y respaldo a la integración regional.

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